Bueno, para todos aquellos y aquellas y aquestroas que se quedaron en ascuas, clamando al cielo por la continuación de mis burradas les digo ahora: Apaciguadse los unos a los otros. Sí, hoy entro de lleno a lo que me compete.
Juro solemnemente que para el final de éste capítulo se narrará con lujo (y confort 
) de detalles el evento que le da título a esta aventura. Con lujo de detalles me refiero, por supuesto, a todos aquellos puntos que los harán reír y a mí revivir los incómodos dolores que supone caer. Y caer por más de cuatro metros cabeza abajo por una zona pedregosa con declive pronunciado es por calificarlo de una manera eufemística, como supongo que usted habrá deducido gracias a su capacidad de abstracción, descojonantemente doloroso.Recuerdo que en nuestra exploración de la zona descubrimos que, tras vadear por el lecho de un río pequeño aledaño a las pilas de aguas termales, por donde corría agua dulce y clara de manantial, se llegaba a una cascada. No como las del Niágara al Norte, ni como las de Basaseáchic al Oeste (ignoro si los nombres de las cascadas llevarán acento en realidad) sino más bien a una deforme parodia de las antes citadas. Es más, era lo que supongo un ratón percibe al ver el agua de una tubería rota desbordarse por una banqueta erosionada, pero para nosotros era LA CASCADA. La cascada subía (y el agua, evidentemente, bajaba) por una pared de roca pelada (eso es, sin pelos – no estoy usando “pelada” como el pintoresco y coloquial sustituto de “fácil”) hasta un estanque turbio pero tranquilo de unos 10 metros de diámetro. Las profundidades de dicho estanque, gracias a la semi-estancada agua, eran insondables, pero no parecían albergar monstruos lovecraftianos ni plesiosaurios inconcientes de su extinción. De todas maneras le sacamos la vuelta.Data el caso curioso que una avanzada de estudiantes-campamentistas treparon y tomaron la delantera (pues sí, ¿verdad? Eran la avanzada después de todo) y descubrieron allá arriba un ojo de agua con la mística forma de un ocho, de donde se desbordaba el agua de manantial fría y prístina que bajaba hasta formar la cascadilla y posteriormente el arroyo que muy posiblemente fuera a dar al afluente de un río, el cual desembocaba en el mar donde a muchos kilómetros de distancia se encuentra el fin del mundo. Apabullados por tales cuestiones filosóficas propias de un yogui o un bubu* hindú me encontraba yo cuando anunciaron los instructores (jóvenes de preparatoria y un maestro) que el campamento recién alzado se movería alrededor del ojo de agua bautizado (vaya ironía y derroche de creatividad) como “El Ocho”. Eso implicaba no solo desmantelar el trabajo de toda una tarde, sino escalar con las mochilas. ¡Pero la estupidez y el peligro no son más que alicientes para los bravíos pre/postpúberes que acampan en despoblado! ¡Oh, no! Son leña para la hoguera de bravura y despampanante temeridad. Así que todos entusiasmados por la propuesta y sin considerar la hueva que sería bajar al día siguiente tras dormir mal y con las mochilas llenas de ropa mojada, nos dispusimos a subir la empinada pared de roca que nos separaba del glorioso Ocho.
Ahora, todos ustedes recordarán de mi post anterior que mencioné a cierto gordito de tendencias flatulentas. Como habrán deducido con el dedo, yo era de los que no llevaba repelente de mosquitos y me aventuraba al mundo de la calefacción natural nocturna en el reino de las carpas y los riesgos de salud por aire contaminado. Pues no conforme con enrarecer el aire, este bonachón obesito iba delante de mí en la escalada. Sea por la vertiginosa altura de un metro, a que eran sus pininos en el magistral arte de la escalada o debido a la inseguridad de llevar el lastre la mochila mas la panza, el pobre joven se movía a razón de un milímetro por hora. El ascenso, antes raudo y presuroso se convirtió en un cuello de botella que el Distrito Federal envidiaría.
Yo, siempre el corazón benévolo (léase: por macizo y presumido) quise poner el ejemplo del ritmo y la gala con la que se debía escalar. Lo puedo recordar y visualizar como si lo hubiera visto en tercera persona o en un viaje astral: Ahí voy, bordeando las carnes extras de mi compañerito, aferrándome salvajemente con los dedos entre los recovecos rocosos y acertando en ocultos resquicios mis tenis, subiendo un metro, dos metros, tres y hasta cuatro.Ah. La desgracia nos ataca siempre cuando estamos en la cúspide. Lógico, al desviarme para rebasar a mi rechoncho compinche (me encanta escribir sonsonetes) a solamente dos o tres metros de alcanzar mi destino y el famoso Ocho tomé una ruta alterna a la del resto del grupo, la cuál me llevó más cerca de la cascada de lo que debería haberme aproximado; en uno de los asideros donde mis manitas alpinistas cayeron desafortunadamente había una especie de escaloncillo donde el agua, estancada, formaba formidable cúmulo de algas, posiblemente talofitas (más conocidas como “lama”) de naturaleza resbalosa. Aquí viene la parte curiosa. Primero una mano, luego la otra, luego las dos a la vez… manoteaba desesperado intentando recuperar el equilibrio ya perdido. Porque ciertamente, lo había perdido por completo antes de caer. Mi cuerpo ya se había despegado de la seguridad de la pared de piedra, arrastrado por la mochila cargada de latas de atún (que a la fecha, caso curioso, conforman un 48% de mi dieta) impidiéndome meter no sé, los dientes o una tercera mano que me brotara del pecho para agarrarme de lo que fuera. No sólo giré 180° por mi eje vertical, sino que por mi eje axial (¿o será sagital?) también. En fin, con el punto muerto de mi balance al nivel de los tobillos, me voltee como tornillo en el aire quedando cabeza abajo y con la cara hacia el lado contrario de la pared. Rebotando y rodando (pues no era TAAAAAN exagerada la pendiente como para hacerme caer lejos de las piedras) me fui dando trastumbos, marincuepas, volteretas y suertes varias que harían la envidia de un acróbata de circo epiléptico. Think Homer Simpson** made of rubber.Oh dios. Uno no comprende la esencia ni la naturaleza de la dureza de las rocas, su baja capacidad elástica y lo afiladas que pueden llegar a ser hasta que se va golpeando repetidamente contra una masa de ellas con un volumen equivalente a un millón de veces su cuerpo, o más a altas velocidades. Lo extraño y metafísico de este asunto, al cual les invito a cavilar, es que aún impulsado por la maldita gravedad (aumentar la velocidad de un cuerpo terrestre hacia el núcleo del planeta a razón de 9.81 metros por cada segundo cuadrado*** transcurrido) y por el mochilón de campamento la caída hizo que el tiempo se detuviera prácticamente. Fue así como formulé mi teoría (recientemente presentada en Viena ante un foro de sabios científicos duchos en lo de la física cuántica) de que el tiempo es una ilusión sometida a los parámetros de la mente humana con la absurda intención de arbitrariamente limitar la relación espacio (distancia física) con la persistencia en la memoria de los sucesos (distancia metafísica). Mejor no ahondo en este tema que se les pueden quemar las neuronas y posiblemente les sangre la nariz. Pero con la mano en los testículos (no se asusten, es la forma antigua y real de dar un “testimonio”) les digo que todo transcurre más lentamente, como en la Matrix cuando le tiran balazos a Neo. El sonido de los “oooh” y “aaah”s y de los “a este imberbe ya se lo cargó el payaso” llegaba a 50% de su velocidad normal y retumbaban guturales en mis oídos… las caras de sorpresa, de risa, de auténtica preocupación (“chin, me lo van a cobrar como si sirviera”) de cada uno de los campistas y de los maestros… demasiados volumen de datos para procesarlos en una hora fueron absorbidos en cuestión de fracciones de segundo. Hasta el pedo que se echó el gordito del susto en mi cara cuando pasaba al nivel de su trasero fue metabolizado para deducir que por la abundancia de azufre y sus derivados era de los que empacaba burritos con huevo y chorizo para el camino. Conté hasta las gotas que caían de las piedras salpicadas bajando junto a mí. Sin embargo ese tiempo en suspensión (por llamarlo de alguna manera, por eso no uso reloj y ya dije que no creo que el tiempo exista –menos para un ser inmortal como yo) desemparejaba el delicado tejido de la realidad, y no podía durar por siempre. Una bocanada de aire que tomé para empezar a gritar bastó para acelerar los cuadros de esa película a velocidades obscenas.Continuará…*Gracias, Hanna-Barbera.
** Gracias, FOX Network.
***Que alguien me explique que demonios es un segundo cuadrado.